jueves, 16 de octubre de 2014

Ojos blues

Ojos tristes
de soledades escondidas,
de dolores callados,
fotografías de sombras
y risas perdidas.

Un piano
de blues azul
y una despedida.

Una manos que no se tocan,
por muy poco,
añorando las caricias
y las súplicas.

La calle vacía,
los libros no leídos
y paisajes congelados.

Me pedías que sintiera
como tú
pero nadie puede hacerlo.

Un niño que juega solo en la playa
vacía al atardecer,
sueño de veleros
y Sorolla.

Mirando desde la terraza,
como se van los silencios
y vuelve
la nada.

Un perro abandonado
que solo buscaba
una caricia.

Nieve que nunca volvió
a caer,
en las aceras sucias
de un Madrid
que se moría.

Mecedora vieja
y una mirada sepia.

Al final,

una sonrisa.

martes, 14 de octubre de 2014

Divino

El nene (o la nena) ha nacido, por bendición divina, en una familia bien. Así, desde pequeño, se le ha dicho que se lo merece todo y que está por encima del bien y del mal. En coche de lujo, el chofer le ha llevado al colegio privado dirigido por los curas que le afirman en su superioridad celestial y en que el mundo está hecho para él. Se le deja claro que es el rey de la creación y que la mujer, ser inferior, existe para servirle (de ser nene) o que su destino es satisfacer los deseos de su amo, dándole muchos hijos para perpetuar la sangre y la raza (de ser nena). Le convencen, curso a curso, de que Dios avala sus caprichos y que la iglesia lo confirma, en los múltiples ejemplos del Antiguo Testamento: matar está, a veces, justificado, el aborto es siempre un crimen abominable y el divorcio y la evolución son cosas de rojos. 
Todo se reafirma y estimula en la universidad privada, a donde llega con el deportivo que papá le regaló, donde la máxima dominante es la búsqueda del beneficio en neoliberalismo desatado. Le enseñan a ser directivo, ejecutivo, empresario avariento, lobo de Wall Street, tiburón de las finanzas en cursos donde la gente son clientes, peones, piezas y números prescindibles, simples objetivos de marketing y personal de su empresa. Entre máster y curso, hay fiestas de sábado noche, vacaciones en costas lujosas con modelos, alcohol y drogas caras. Es un mundo cerrado por porteros enormes de gafas negras, paraísos exclusivos alejados de la chusma y hartos de dinero que quema en las manos. Es el más patriota y el país es justo lo que él cree.
En poco tiempo, llega a las cercanías de las cumbres y parientes y amigos le confirman que se lo merece todo y más. Jamás ha pisado una calle más allá del tramo del coche a la mansión, al restaurante de lujo, a la discoteca selecta y de moda, a la pasarela del yate. En los corrillos de la gente que importa, se habla de él (de ella) como la nueva promesa, el emprendedor astuto, la nueva generación que llega arrasando. Por supuesto, pertenece al único partido del que se puede ser para no ser izquierdista radical y malnacido. Pronto empieza a aparecer en la prensa rosa, blanca y amarilla y los periodistas, en corro, le confirman como especial y superior porque sus palizas en el gimnasio y en el pádel, ser hijo de quien es, codearse con quien se codea, le hacen buena foto. Si es mujer se pasa horas mejorándose en peluquerías carísimas donde el dueño invita a café, quirófanos para que quiten y pongan y parecer la muñeca boba que todos esperan. Todas iguales como un ejercito zombi de silicona y alta costura.
Al terminar los estudios que suenan bien en el curriculum, ya ha llegado a la mesa directiva, asesora y ejecutiva, quizá al banco de la oposición o del gobierno. Después de muchos líos y aventuras, se casa con esa niña (niño) mona de una familia como la suya y todo queda en su círculo de élite. Y todo es para él y a todo tiene derecho de forma natural y divina y la ley que él mismo crea, de una forma u otra - lo dicen los mejores abogados -, le ampara y le protege. En su diccionario faltan miles de palabras como desahucio, hipoteca, jornada laboral, sueldo base, sindicato, democracia y solo vio a un pobre una vez que se equivocó de calle al salir del club privado. A veces, dice alguna gilipollez delante de las cámaras, pero su camarilla y periodistas afines le aplauden por guapo y original. Se forra, claro está, a manos llenas sin que existan más que daños colaterales y ajustes de mercado, porque en su galaxia lo importante es el beneficio propio y el de los accionistas. Así, viviendo entre algodones, terciopelo y cuero cosido a mano, aislado en un mundo propio y mejor, es motor y ejemplo de y por España, imagen y modelo de lo que es justo y necesario. Nuestro deber y salvación.

Tal vez un día le pillen con la mano en la caja que no le corresponde, amañando terrenos u elecciones a base de maletines y sobres y quieran acusarlo pero él (ella) mirará asombrado como pensado: “¿cómo se atreven?”, mientras grita el consabido “¿pero usted sabe con quien está hablando?”.

lunes, 22 de septiembre de 2014

¿Qué nos pasa?

Puede parecer que andamos más perdidos que años atrás. Y para algunos es cierto. La publicidad avasalladora, los medios de comunicación que la propagan (incluyendo aquí las películas de cine y las series de la televisión) han vendido a muchos el “todo vale si te haces rico mientras eres joven”. Es el mensaje de fondo de la economía neoliberal. Así, los ejecutivos flamantes, los agentes de bolsa recién llegados, los nuevos banqueros de los últimos años arrasan con todo. Como siempre, pero ahora son más y lo hacen más rápido. Porque siempre ha habido usureros y desahucios, siempre ha habido políticos corruptos y caciques esclavistas… pero ahora son más y tenemos más medios para conocer lo que hacen y sus efectos en la gente.
No nos engañemos. No ha habido país que no haya explotado, arrasado y exprimido a poblaciones en un momento de su historia. Lo hicieron nuestros vecinos portugueses y lo hicimos nosotros, como los franceses, británicos, etc… Ahora lo hacen los norteamericanos, más o menos desde la Revolución Industrial, en primacía. Nuestro Imperio Español esclavizó, espolió y arrasó con toda la Suramérica que pudimos, hasta que llegaron los portugueses, franceses y alemanes y hubo que repartir algo del pastel. Aún a principios del siglo XX, teníamos, gracias a las empresas que algunos españoles creamos, el control de gran parte de la riqueza de aquellas tierras. Argumentamos, como hacen ahora los norteamericanos, que llevamos la civilización, la industria (la religión incluso) a aquellas tierras salvajes, en favor de aquellos humanos perdidos en sus ritos bárbaros. En verdad, fuimos a sacar y llevarnos todo lo que pudimos y todo lo demás son milongas. Exactamente como hacen ahora los yanquis en el próximo oriente, después de haber conquistado el resto del mundo. Ahora la excusa es el terrorismo y lo malo que es el islam. Antes eran las tribus de apaches y cheyenes que cortaban cabelleras. Nada nuevo bajo el sol.
Y es que muchos son así. Desde siempre. Si pueden acaparar riqueza, lo hacen. Y caiga quien caiga.
Pero ahora, si a alguien le echan de su casa, es probable que salga en  algunos medios de comunicación. Si al concejal le pillan con la mano en la caja, puede que se sepa en todo el país gracias a internet.
No es que esté la cosa peor o mejor que antes, solo que son más y se conoce más. Ahora al menos, con internet, si el político dice la tontería de turno, puede tener 297 comentarios en contra en cuestión de minutos y esos comentarios son leídos por más gente aún. Si se hace el bestia en medio de una borrachera y se mata a un animal, puede salir abucheado el agresor en las redes sociales.

Me parece bien, porque por lo que conozco, las opiniones mayoritarias de las redes (que pueden ser manipuladas, claro), suelen ir en contra de abusos y desmanes. Al menos, hay gente que puede hablar y denunciar los atropellos de otros, de forma pública. Durante siglos nos hemos ido cargando el planeta, los animales y las personas. Ahora, por lo menos, muchos lo sabemos.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Constance

Otra piel,
otro susurro tras los libros,
un taxi que pudo haber parado
y no paró
es otra historia,
otro roce sobre tus piernas,
unas palabras nuevas
diferentes.
La sonrisa.

Te acicalas
para otro,
con la esperanza
vana
de otros tiempos,
de cuando eras más bella
aún.

Deseando
una nueva pareja de baile,
unos pasos distintos,
el arrullo
de otro vaivén.

Así quedará
en el recuerdo de las caricias
que fueron,
de los deseos añorados,
como sueños
ahogados
en las olas
de los tiempos.

Pero él
te recordará
como la última primavera,
con tu mirada triste
de sirena.



sábado, 30 de agosto de 2014

La última vez.

Fiel seguidor del “vive este día como si fuera el último”, idea para mi antigua y esencial, imprescindible para mi entendimiento (y para entenderme), un punto de vista en la misma línea, pero desde un ángulo ligeramente diferente, me llamó poderosamente la atención en Palermo Shooting, maravillosa película de Wim Wenders. Hablar con una persona, ver un lugar, realizar una actividad concreta con el convencimiento interno de que podría ser la última oportunidad para gozar con ello. Porque nadie nos asegura que no será así. Quizá, cuando nos encontremos con ese amigo al que estimamos, esa conversación podría ser la última que tengamos con él. ¿No gana una importancia asombrosa cada palabra, cada gesto, cada mirada?. Si realmente supiéramos que se trata de la última oportunidad para demostrar nuestro afecto a nuestra pareja, a nuestro familiar, ¿no cambiaría nuestra actitud?. ¡Qué maravilloso valor cobra el roce de una mano sobre la piel del otro!.
Si entramos en el cine, en el museo, en el bar de la esquina sabiendo que jamás volveremos, ¿no apuraríamos con los cinco sentidos cada segundo de la experiencia?. Al levantarnos temprano y ver el rayo del sol entrando, inclinado y dorado, por la ventana, ¿no nos parecería maravilloso y bello?. Si esas notas susurrantes, de un violín acariciado, fueran los últimos compases de música que oyésemos ¿no pondríamos nuestra alma en la escucha?.
¿Perderíamos horas, ni siquiera minutos, en algo que no nos proporcione felicidad?.

Se abre así para nosotros un paraíso, quizá no frecuentado, y al que, tal vez, jamás regresemos.

sábado, 9 de agosto de 2014

Espera

Miraba el horizonte de tejados,
pero no estabas,
como nunca estuviste,
y me quedé perdido
en un mar de antenas
de televisión anodina.

Y allí, dónde el azul no estaba en mis ojos,
si no en el mar que añoraba,
aún seguía
intentando evocarte,
inutilmente.

De repente, sobraron
todas las palabras
y los objetos resbalaban
de mis manos,
buscando tu piel.

Tu ausencia me dolió,
pero solo
pude encender un cigarrillo más
constatar
que me faltabas.

Mi tacto añoró
la suave línea de tu nuca,
tus palabras
tan perdidas
como las mías.

Y más allá,
del calor
que quebraba voluntades,
ni siquiera recordé
el tono dolido
de tu voz.

Era una tarde
de susurros,
de niños que jugaban,
pero
con voces ajenas
y

lejanas.

jueves, 24 de julio de 2014

El avión del Presidente.

Había una vez un país totalmente imaginario e irreal en el que, en un cálida madrugada del mes de julio, una destartalada furgoneta, de color blanco sucio, se acercó lentamente a la valla de control del aeropuerto militar. Como era lógico y de esperar, uno de los policías de guardia le indicó al conductor, con un gesto grave y muy castrense, que detuviera el vehículo. Mientras los dos hombres hablaban, a través de la ventanilla, dos militares pasaron espejos bajo la furgoneta. Descubrieron, por los cristales traseros, los extraños pasajeros y cuchichearon entre ellos.

- Cabo, soy el comandante Ramirez.- dijo un señor uniformado sentado junto al chófer pasándole una identificación.
- Sí, mi comandante. Todo en orden.- contestó el joven inspector mirando la foto del carnet y después el rostro serio y firme del oficial del ejercito del aire.

Con una señal breve de la mano, el pesado tubo metálico, pintado de rojo y blanco, fue levantado y las afiladas púas metálicas del suelo retiradas. El cabo vio la furgoneta perderse en la distancia, sin más ruido que el del ronco motor cansado. Uno de los soldados le susurró: no te vas a creer los que van dentro…

Con un suave raspado en el suelo negro de la pista de aterrizaje, frenó el vehículo junto al avión del Presidente. Las puertas traseras se abrieron y con ayuda del conductor y el comandante los pasajeros empezaron a salir. Un de los agentes secretos, trajeado de negro y con absurdas gafas oscuras a aquella hora de la noche, se acercó corriendo  al comandante mientras se sujetaba el audífono y hablaba por el comunicador de su solapa.

- Señor, esto es un área restringida.- imploró.

Unas diez figuras esperaban indecisas mientras los dos hombres medían su autoridad. Una niña pequeña, con un vestido rojo, dijo que quería hacer pis y el anciano a su lado la miró con una sonrisa. Seguro que dentro del avión  hay un lavabo, cariño, dijo la madre a su hija. Un chaval, de unos doce años miraba la hermosa y brillante aeronave recortada por la luz plateada de la luna llena. El indigente se rascó la cabeza, quitándose la vieja y sucia gorra, y siguió con una sonrisa los ojos asombrados del chaval. Una joven muy delgada movió su silla de ruedas hasta el comienzo de la que sopesó interminable escalerilla del avión.

Los guardaespaldas no creían lo que estaban viendo e incluso uno se quitó sus absurdas gafas y se frotó los ojos, como para desprenderse de los retazos de un sueño. Miraban los dos niños dando vueltas divertidos alrededor del grupo. Miraban a un anciano de piel obscura toser mientras se encendía un cigarrillo con aire satisfecho.

- Vamos a subirlos al avión, dar un par de vueltas al aeródromo y lo dejaremos de nuevo aquí.- anunció el comandante al jefe de la guardia mientras este repetía la frase a su comunicador.

Nadie sabe cual fue la respuesta que el fornido hombre de negro recibió pero, tras un par de minutos de tensa espera, dos de sus compañeros levantaron, como si no pesara, la silla de ruedas y, despacio y con cuidado, la subieron a la aeronave siguiendo las ordenes de aquél. Las dos azafatas aleccionadas ayudaron al pasaje a acomodarse en los suaves sillones azules. Quiero que coman y beban lo que deseen. A la niña del vestido rojo hay que llevarla al lavabo, dijo el comandante piloto entrando en la cabina.
Mientras el fuerte zumbido de los motores del Airbus A310 lo llenaba todo, las auxiliares de vuelo ayudaban a poner los cinturones de seguridad a los niños y los guardaespaldas pasaban, de la silla a uno de los sillones, a la joven rubia que los miraba sutilmente enamorada.
Con gritos de júbilo, el avión dejó el suelo atrás e inició el vuelo sobre los tejados de la cercana capital. Ya estabilizado el aparato, se empezó a servir la comida a los hambrientos pasajeros. Se pasaban unos a otros los bocadillos triangulares, los platos con jamón, los diversos canapés, los vasos con refrescos, los cuencos con aceitunas y almendras saladas. La niña pudo entrar, al fin, en el servicio ayudada por su madre. Todos, incluido el piloto, celebraron los pasteles fríos y golosos. Los niños corredores se reían con los Simpson en el sistema de televisión. El indigente pidió un plato de sopa y el comandante fue consultado. ¿Para un corto vuelo vamos a encender la cocina?. Si quiere sopa, le hacen sopa, ordenó el militar muy serio. El chofer de la furgoneta rió a hurtadillas.

Abajo, en las calles, entre las brillantes luces nocturnas de una noche de verano, muchos ciudadanos vieron asombrados el paso majestuoso del trío de aviones volando bajo. Dos cazas F-16 escoltaban al avión presidencial. Los periódicos, en sus matutinas ediciones locales, añadieron un pequeño artículo sobre unas maniobras aéreas especiales sobre la capital.


La niña del vestido rojo, sentada ya en su asiento, saludaba por una de las ventanillas mientras lamía un pastelito de nata.