jueves, 18 de agosto de 2016

El maldito porcentaje.

En la segunda película de la saga Alien, “Aliens”, una frase subraya quienes son los malos de verdad. Como en el mundo real, una corporación: “al menos ellos no se matan por un maldito porcentaje”. Sí, los aliens son las bestias animales con los instintos típicos, que como cualquier otro depredador, obedecen a su naturaleza. No hay ni bien ni mal en ellos, como no lo hay en un león o en una araña, por muy atroces que nos puedan parecer sus actos. La corporación en cambio, personificada en Carter Burke (personaje interpretado por el estupendo Paul Reiser), movida por intereses económicos, por “el maldito porcentaje”, acaba con la vida - indirectamente como suelen hacerlo todas las corporaciones - de seres humanos, por encima de la inteligencia y la moral que se supone a las asociaciones humanas.
Lo curioso de las corporaciones, por si alguien aún no se ha enterado, es que aunque están formadas por humanos no tienen que, al menos legalmente, tener otro objetivo que el beneficio. Viven para sus accionistas y todo lo demás es secundario. Una metedura de pata antológica fue el hecho de que unos jueces norteamericanos les dieron algunos derechos como personas - jurídicas - pero no las obligaciones que la lógica indicaría. Así no tienen responsabilidad legal por los perjuicios que causen a la sociedad. Al menos en el mundo de fantasía económica en el que vive Estados Unidos. Los europeos, como siempre que suenan las trompetas del Paraíso del Mercado, estamos copiando desde hace años la idea con mayor o menor fidelidad al original.
No creo, sin embargo, que esos monstruos económicos sean los culpables últimos del desastre definitivo hacia el que corremos como locos poseídos. El problema es cada persona, cada individuo que como dice Miguel Lago solo quiere “quitar al otro para ponerme yo”. Es decir, muchos no protestan o se indignan porque millones  de personas mueran de hambre o apenas tengan lo suficiente para vivir. Lo que les corroe, lo que les enfada verdaderamente es que ellos no se están llevando un trozo grande de la tarta.
Y esta motivación que para muchos es esencial, es el motor que impulsa la mayoría de sus actos, normalmente, se mantiene en segundo plano, frecuentemente, en secreto. Sería de agradecer, que al menos, para saber por donde pisamos, se dijera abiertamente: “lo hago por la pasta”. Nada de la lucha por la libertad, la democracia, la paz y todas esas bonitas palabras con las que se llenan la boca. Es, simplemente, pura avaricia. La lucha sin cuartel por “el maldito porcentaje”, la parte del pastel que se llevan cada mes, en cada reparto de beneficios, en cada prima, en cada nómina. Y todas las demás consideraciones quedan postergadas, si no anuladas. Hasta ONGs y organizaciones mundiales, supuestamente humanitarias, se ven inoculadas, de vez en cuando, por el virus del beneficio despiadado.

Sería importante que no perdiéramos este horizonte cuando busquemos las explicaciones de las invasiones de países, el hambre, la destrucción del medio ambiente, el terrorismo, el desempleo…

sábado, 13 de agosto de 2016

Ovejas

A muchos les gusta ser ovejas. No lo expresan así, claro, pero tienen devoción por los uniformes, por lo “normal”, por la “media”. Y lo imponen a los demás. Así ponen uniformes ya en los colegios, porque todo parece “más limpio y ordenado”. Es lo correcto. Todos los alumnos parecen iguales y se diluyen las diferencias. Los que tienen el poder desean, exigen la uniformidad del resto. Los ejércitos uniforman para expresar el poder y la unidad frente a otros. Los deportes uniforman para crear equipos, para marcar la diferencia entre rivales. Y los colores, los uniformes, las banderas marcan las lineas que separan: somos de este colegio, de este ejercito, de este equipo, de este país… y tú no. Somos hombres, sanos, altos, rubios, delgados, de piel clara y tú eres mujer, enfermo, bajo, moreno, gordo, de piel obscura… Eres diferente, por lo tanto tú eres peor que nosotros, proclaman como idiotas.
Las élites dominantes también se marcan para distinguirse, pero  con diferencias mínimas. Si usan uniformes tienen medallas o símbolos que les destacan por encima del resto. Las élites pueden pueden ser diferentes, porque están por encima del resto del grupo uniformado. Los reyes, generales, los capitanes de los equipos llevan marcas que señalan la superioridad dentro del grupo. Pertenecen al rebaño, sí, pero están por encima, mandan, pueden ser más o menos diferentes.
Muchos necesitan esa uniformidad porque les hace sentirse acogidos por el grupo, la seguridad de que tienen gente que está en el mismo colegio, en el mismo equipo. Incluso llevan uniforme - chaqueta, camisa, corbata… - cuando ya nadie les obliga directamente, porque ya han sido adoctrinados y ellos mismos quieren ser del rebaño. Y se unen en colegios profesionales y lo ponen en sus tarjetas para que se sepa que pertenecen a un grupo. Incluso cuelgan en los despachos diplomas que indican en que universidad estuvieron y como destacaron en ella. Y por la noche duermen tranquilos porque la madre-grupo les acoge y son “normales”.
Realmente muchos quieren ser diferentes, especiales, los destacados… pero dentro del grupo. Como matrioskas pertenecen a un colegio, que está dentro de un grupo social, dentro de un barrio, dentro de una ciudad, dentro de un país y de un continente. Así unos excluyen a otros porque no pertenecen al colegio superior (lo de ellos siempre es lo mejor y lo correcto), o no a la misma clase, o por ser de un barrio o una ciudad diferente o de otro país. Aunque les siguen importando, hipócritamente, muchos dicen que ya no hay diferencias por sexo o por raza, pero la verdad es bien visible en cada grupo.
Ahora les separan incluso por lo que consumen: tu bebes este refresco de cola y yo este otro, tú utilizas una marca de teléfono móvil y yo esta otra, tú una clase de automóvil y yo esta otra. Hay millones que que conducen ese modelo, pero ellos se diferencian de los “pobres e insignificantes” que conducen autos más baratos.
Y esos uniformes siempre han separado y jamás unido a las personas. “Divide y vencerás”. Los hábitos de unos monjes les separaban de los monjes de otra congregación, incluso dentro de la misma religión… que por supuesto era “más y mejor” que otra religión. Y como su grupo, su ejercito, su equipo, su país es “el superior, el correcto, el que tiene que ganar”, se hace lo que haya que hacer para que los otros pierdan, para que sean menos, para que desaparezcan… para que mueran. Porque ellos son los malos, los perdedores, los equivocados, los pecadores, los culpables, los terroristas… y nosotros no.
Y muchos padres, sin pensarlo siquiera, uniforman a sus hijos para que sean “como los demás, pero diferentes a la masa, iguales entre sí, pero superiores al resto”… Incluso les parece bien que los separen dentro del colegio: niños en un sitio y niñas en otro. Porque, efectivamente, el sexo nos iguala. Con todas las represiones, persecuciones, marginaciones, etc., los humanos somos seres sexuales. Desde los grandes financieros a los mendigos, todos comparten ciertos deseos animales y uno de ellos es el deseo sexual. Y también aquí hay quien intenta “normalizar” desde el principio de los tiempos, intentando decir qué, cómo, dónde y cuándo el sexo es “correcto y aceptable”. Y pasearse por la historia, por el mapamundi de lo sexualmente legal y permitido - no escandaloso ni aberrante - de un país, de un estado a otro, es curioso y sorprendente (a veces, para llorar) y por supuesto cambia de unas épocas a otras.
Los hombres siempre intentan “uniformar, normalizar” al resto de las personas. Un grupo dice que ropa es “correcta, decente, apropiada” y los demás tienen que obedecer o pagan con su libertad o con su vida incluso.
Y desde siempre también, muchos de esos que intentan “estandarizar” al resto no solo quieren que el uniforme, la regla, se lleve por fuera, si no que se interiorice, que se piense igual, que se sienta igual, que se crea lo mismo. Entonces se creó la prensa, la radio, la televisión, el cine… la publicidad y la propaganda, en fin.


Afortunadamente aún tenemos a personas que piensan otra cosa, que no quieren llevar el cabello o las gafas o la ropa como indica un grupo, una corporación, un colegio. Personas que crean el surrealismo o trabajan en ONGs o en grupos de apoyo social o sindicatos o se manifiestan en contra de las creencias que las élites  quieren imponer al rebaño. Gente a las que no le importan las etiquetas y los uniformes, el color de la piel o la religión que el otro profese. Humanos que no quieren ser esas ovejas.

sábado, 30 de julio de 2016

La Ley Seca y la risa

Veía esta mañana en Canal de Historia - no voy a analizar aquí si es realmente Historia o sobre todo propaganda - (es un canal norteamericano disponible en televisiones de pago), un programa sobre la famosa Ley Seca y me dio por pensar (mala costumbre que aún tenemos algunos).

Curiosamente, el día antes, por Internet, escuchaba la opinión sobre el tráfico de drogas de un presidente suramericano. Su idea, que en principio me pareció desproporcionada y absurda, era que las cuestiones de la represión, control y lucha contra el tráfico de drogas se debían, principalmente, a que las drogas contra las que se combatía se producían en América de Sur y, en cambio, poniendo él como ejemplo la Ley Seca, el alcohol se producía en la propia Norteamérica. En principio, descarté la idea por absurdamente exagerada y sin fundamento. Una nueva “conspiración inventada”, me dije. Más tarde, por esa costumbre de pensar que uno padece, recordé en qué países se producen las distintas drogas que hoy se combaten en todo el mundo y en especial en Norteamérica. Y sí, en efecto: ningún país avanzado, rico, occidental (capitalista de pro) es productor de cocaína, opio, etc. Quizá hubiese algo de verdad en aquella afirmación presidencial…

Y vuelvo al programa de Canal de Historia. Evidentemente, al ser un canal que emite ideas estadounidenses solo apoya y difunde ideas positivas y sin ninguna crítica (ni política, ni social, ni histórica) sobre aquel país. Es lógico, ¿no?. Como empresa que es, difunde una “historia” supuestamente entretenida y “vendible”, pero que no tenga problemas con el gobierno de su propio país. Características comunes de cualquier medio de allí, si quiere ganar dinero y no meterse en líos… En fin, que en el programa, como digo, se hablaba de la Ley Seca, que según la Wikipedia fue: “La ley seca, también llamada prohibición, es una controvertida medida que han aplicado ciertos Estados durante la historia, consistente en la ilegalización de fabricación, transporte, importación, exportación y la venta de alcohol”. 
En este programa, en concreto, se hablaba de la Ley Seca en… Estados Unidos. El presentador y los guionistas, con tono burlón y jocoso, entre risas, cuestionaban a personas sobre la Ley Seca mientras bebían alcohol…. en un bar. Comentaban dicha Ley y sus ridículos y catastróficos resultados en aquel país. Lo de "Ley ridícula" lo remarcan varias veces y ponían ejemplos, quizá con el fin de que el espectador acabase pensado que sí, que fue una idiotez de Ley que no condujo más que a mayores problemas y, según el locutor recuerda, “a perdidas en impuestos no recaudados”. No voy a entrar a plantearme si el consumo de alcohol es una droga o no, si hace daño o no a la sociedad y en qué cuantía. Muchos expertos y científicos ya han dado la respuesta hace años. 
Por mi parte me planteo, el dinero que nos gastamos en la lucha contra el narcotráfico, contra qué países y contra qué personas. De qué modo se hace esa lucha. Qué y a quién se reprime y el gasto que ello conlleva. Los “daños colaterales” de la lucha. El programa televisivo, en su análisis de aquellos años, se reía de que todo el mundo consumía alcohol y y señalaba que por el maravilloso “espíritu rebelde norteamericano”, cuanto más se prohibía beber alcohol más lo deseaban los ciudadanos de ese país. Toda una apología de la libertad contra una ley nefasta, lo cual, en principio, parece razonable. Acaba curiosamente la emisión con las peculiares ideas (peculiares no por ser falsas, si no por como se subrayan para burlarse de aquella la ley) de que gracias a la Ley Seca, en los bares clandestinos, la mujer se “hacia igual” a los hombres bebiendo y fumando y que también, como beneficio adicional a la prohibición, se fomentó la música negra llamada jazz. Entre todas esas banalidades, medias ideas y simplificaciones un dato se quedó en mi memoria. Supuestamente, según el programa (supongo que hay datos realmente históricos que lo puedan afirmar o negar), el gobierno de la época envenenó el alcohol y, según los datos que daban, murieron, por ello, unas 100.000 personas. Lógicamente, a estas víctimas hay que sumar los asesinados, ejecutados, etc,  de la lucha misma contra el tráfico clandestino (policias, gánsters, contrabandistas, etc).

La visión inmediata, en cambio, que se tiene, de forma amplia - unánime incluso - sobre el narcotráfico es que se debe perseguir la fabricación, la adulteración, el tráfico, el uso, etc…
Y, analizando todo el conjunto, me planteo: ¿el problema de las malas drogas es que no se pueden gravar con impuestos como se desearía, qué se producen fuera de estados occidentales (capitalistas y bien intencionados),  qué no se pueden refinar, mejorar, o controlar si están legalizadas…?. No estoy, en principio, a favor de legalizar esas malas drogas o su consumo, solo me pregunto: ¿por qué unas si y otras no, qué perjuicios y/o beneficios producen las dos posturas y a qué países, intereses y personas benefician y/o perjudican cualquiera de las dos opciones?. ¿Entre el “sí” y el “no” hay alguna vía?. Y lo más terrible de todo: ¿a qué gobiernos, ejércitos, guerrillas, corporaciones, instituciones, partidos, grupos… beneficia el daño actual que hace el narcotráfico?. 
Realmente no conozco las respuestas. Sé que hay millones de estudios de los perjuicios del consumo de algunas sustancias prohibidas y que su tráfico se combate desde hace mucho. Evidentemente, cuestión que no ofrece dudas a cualquier ser humano mínimamente racional, cualquier droga con efecto mortal inmediato (o sea, veneno) ha de estar por siempre prohibida  (a pesar de esta lógica aplastante: “lo que mata inmediatamente ha de estar prohibido”, las armas se venden al público legalmente en algunos países y no pasa nada). 
Las conclusiones por ahora saltan, más o menos, de unas posiciones a otras. Si recordamos la Historia: el alcohol se prohibió y ahora se “consiente” (¿quizá se impulsa y fomenta?) de forma moderada, controlada y gravada con impuestos… el consumo del tabaco, en general, se prohibe en sitios público, pero no privados… la marihuana en algunos países se permite de forma controla o/y terapéutica… el café es ampliamente permitido… 


Lo mismo, como decía el antiguo sabio, todo dependen de la dosis.

sábado, 16 de abril de 2016

Al otro lado

En la isla que movemos,
eres mi Sancho,
mi reverso,
la pieza que me completa,
la mano.

Matrioska y Maga,
la sombra
o Cervantes
en el pliegue del tiempo
y el espacio,
somos,
soy,
mi amor y mi reflejo,
el laberinto
del nombre de la rosa,
del resplandor,
de la rayuela.

Mi Alicia,
mi espejo,
del espejo.

domingo, 3 de abril de 2016

Harto

Harto de que nos revuelvan en basura
de que nos arrastren por calles amarillas,
asqueado de que nos metan en circunferencias
o cuadrados perfectos,
de que nos pongan etiquetas y marcas,
de que nos clasifiquen en archivos y cajitas.
Hastiado de sentirme culpable,
de tantas mentiras inventadas,
de tantas religiones tristes y agobiantes,
harto.

Colmado de sacerdotes y reyes,
dueños de verdades infalibles,
que hablan en nombre de dioses hechos a medida
de sus sueños y grandes esperanzas,
de amor prefabricado.
Ahogado por tanto arte correcto y confortable,
cínicas representaciones,
que calman conciencias
y justifican crímenes,
con almohadas bienpensantes.

Deseando romper conciencias y cristales
golpear en saciados estómagos repletos,
empujarlos al abismo para que vean
el otro lado,
el hambre de los ojos
en los niños explotados,
que cosen día a día la moda que llevas
con orgullo
y la cabeza alta que arrasaría con ganas
con la misma lija de miedo y pobreza,
para que vieras más allá,
para que por fin abrieras tu mente
y te revolvieras en tu sillón sueco de diseño.

Anhelando hacerte comer tus CDs
de música barata y digerible
que nada te dice o enseña,
queriendo quemar las películas que te aleccionan
y te venden sueños imposibles que anestesian,
que te dejan dormir plácidamente,
para que puedas esconder la culpa
de la que ellos mismos te cuelgan,
detrás de una risa o un deseo
maravillosamente romántico.

Ansiando escupir a tus iconos,
a tus super-héroes fáciles y maniqueos,
a tu comida de plástico
que mata y te mata con desprecio.
Deseando clavarte en mitad de la espalda
tus tijeras de censura farisea,
apuñalarte con borradores y tintas de tachar,
con las que te encanta, invidente borracho,
cegar a la gente.

Desviviéndome por achicharrar tus televisiones y radios,
que te adormecen en océanos de vacío
y horas perdidas,
entre compras frenéticas, rituales,
compulsivas,
bajo el lema “la incultura, ¡qué dicha!”.
Soñando con destruir empresas y partidos,
ambiciones gigantescas desmedidas,
consejos consultivos
y departamentos de recursos humanos.
Suspirando por rasgar bellezas circulares
y perfectas,
y medidas adecuadas
de tallas para niñas bien,
alocadas por cantantes de voz de azúcar 
y párpados que se cierran lentamente
para soltar lágrimas de gelatina,
llenos de libertad comedida
y sentimientos puros y blancos.

¡Qué hastío!,
de sexo correcto y amores blandos,
de juegos al escondite contigo y conmigo,
¡qué harto!,
de conmemoraciones y homenajes hipócritas,
de recuerdos que intentan olvidar
como asesinamos, quemamos y enterramos,
pueblos y niños
para ganar más y más,
con bombas monstruosas
que arrancaron pieles y familias,
en nombre de religiones
y sectas negras y malditas,
en nombre de escudos heráldicos
y vomitivas dinastías.


¡Qué harto!.

viernes, 1 de abril de 2016

Metropolitano

Los edificios enladrillados chillaban blancos de sol, en la claridad del verano, cuando me acerqué a Tetuán.  Un cielo desierto, sin nubes, anunciaba una tarde inmensamente canicular. Espejismos de calor brillaban en las aceras distantes cuando comprobé la hora en el reloj, sincronizado con el teléfono móvil. El fuego denso que barría las calles, con movimientos sinuosos y pesados, escondía a los humanos en los huecos de los bares, los museos, los portales, las entradas del Metro. Bajé rápida, distraída apenas por las portadas de las revistas del quiosco (donde mi propio reflejo adulaba mis vaqueros falsamente desgastados y mi camisa roja, ceñida y escotada). Corrieron hacia arriba los escalones con la seguridad del paso de mis nuevas zapatillas deportivas. Acostumbrada, esquivé hábil a los que subían con la corriente fría que respiraban los túneles. 
Los viajeros que terminaban el trayecto subterráneo parecían demorarse en las profundidades: aquí frente a un anuncio de una agencia de viajes, allá hojeando perezosos un periódico, más allá consultando el móvil… sin duda, retrasando la salida al calor asfixiante de las calles. Terminé el refresco y encesté la lata en una papelera, a medio metro, con la satisfacción y la sonrisa de una baloncestista vencedora. Nadie parecía haber visto mi hazaña deportiva y esperé en vano vítores y aplausos. Un grupo de músicos callejeros se situaron en el pasillo, a pocos metros de la desembocadura en el anden. Repasé mi maquillaje en un espejito de bolsillo. Perfecta. Electrónicos letreros recalculaban las llegadas, las partidas, los trayectos y fijaban los tiempos de las vidas, los trabajos, los ocios… Pronto estaría en Sol y tiempo después en la reunión. Una reunión urgente e imprevista, convocada por el idiota de mi jefe y sus arrebatos pre-vacacionales. Me acerqué, con precaución, al borde abismal y leí, deprisa y ligeramente, en el celular, una opinión, un tanto ingenua, de un político sobre la situación de la nación. En el negro intestino de la bestia, un silbido neumático, lejano, anunció la inminente llegada del tren y guardé el dispositivo electrónico y portátil en mi bolso negro, pequeño y de gran marca.
Como si fuera imposible que se detuviera en la estación, el enorme gusano metálico con cabeza de pájaro salió disparado de las tinieblas y se paró con precisión, desafiando casi las leyes de la inercia, y las puertas vomitaron personas absortas y con prisas. Había como una danza rápida, mecánica y militar: disparo, llegada, parada y puertas que se abrían, gente que entraba, puertas que se cerraban y huida. Así, mil veces repetida. Tarareé el “Money” de Pink Floyd. Pero en ese momento, entré en el baile y mis codos me crearon espacio  entre el gentío, como paraguas de Cortázar, y, rápida, ocupé, antes que el joven de la tabla de skate - sonrío un poco triste - un asiento junto a la puerta. Los vencedores de las justas se removieron felices en las sillas de plástico azul. Los vencidos, permanecían en pie agarrando, con los pies ligeramente separados, los tubos amarillo-anaranjado y esperaban el tirón de la partida. Algunos se colocaron auriculares blancos o negros.
Del anden, llegó una melodía andina muy famosa y los ociosos canturrearon, entre dientes, para disgusto mudo y general de los que intentábamos volver a las lecturas. Una mujer de color intentaba acomodarse, con su vientre de madre inminente, sujetando cerca de sus pies un carrito de la compra, a cuadros escoceses, abarrotado a punto de parto. Un ejecutivo relamido, que supuse venido a menos al usar el metropolitano - tal vez el flamante BMW de leasing pasaba una carísima y rutinaria revisión -, leía cotizaciones en El País del día. Y llegó el tirón de la partida y todos fuimos como una ola humana proyectada en los tubos enormes de neones infinitos. Cerré los ojos y me dejé acunar por el movimiento de suave vaivén, con el cansancio de un día demasiado largo y caluroso.
Un instante después, cuando abrí los ojos, todo había cambiado. Estábamos llegando a Estrecho sí, pero la gente, la ropa, el vagón ya no eran los mismos. Fue como un mazazo ilógico en todos los sentidos a un tiempo. Mi camiseta roja, era ahora una blusa blanco perla, amplia y planchada, y la tenía abotonada hasta el cuello. Mis jeans se habían convertido en una falda plisada a juego y las deportivas en unos tacones como de charol negro. Mi larga melena suelta,  antes, formaba, ahora, un moño, armado con laca y con horquillas, incomodo sobre mi cabeza y mis ojos no creían lo que veían. Mi bolso era  más grande y diferente y comprobé que me faltaban muchas de mis cosas. El teléfono entre ellas. El joven del los piercings y la tabla con ruedas - sustituida por una carpeta de gomas, azul y formal  - aparecía pulcramente acicalado, con un rapado militar y sin rastro de la barba, de los vaqueros rotos y la camiseta de Public Enemy. Así, todos los pasajeros estaban vestidos como si fuesen a rodar una escena de no sé que época pasada. El periódico que sostenía el ejecutivo era “El mono azul” y parecía no importarle en absoluto el cambio. 
Cuando el transporte se detuvo, me levanté y salí al anden. Ante mi asombro, mucha gente, sucia y asustada, ocupaba el suelo junto a las paredes curvadas, sobre mantas grises y raídas. Un murmullo inquieto rebotaba por el obscuro espacio que olía a sudor rancio y humedad. Miré mi  muñeca y con pasmo descubrí un antiguo reloj Longines, con números romanos, en el que apenas habían pasado unos minutos. Giré la cabeza, un instante, para deshacerme de aquella pesadilla demencial y un ruido sordo y profundo, cayendo del cielo abovedado, tembló el gris de los muros y algunos azulejos, mal sujetos, se estrellaron, como vidrios, contra el suelo obscuro. Entre los cuerpos cansados y tristes, busqué la salida a las escaleras pero el paso estaba vedado por un joven armado. “¿No querrá salir en mitad de un bombardeo?”, me dijo con una naturalidad aterradora. Sentí la sangre congelándose en mi nuca y una serpiente de miedo y púas deslizándose, hacia abajo, por mi espalda. 
Me apoyé en la pared, exhausta, en un pequeño hueco entre una anciana enlutada y un estraperlista que vendía chocolatinas y bolsas de peladillas blancas. Otro estruendo más lejano y un temblor más ligero me hablaron, entonces sí, de bombas que caían. Yo misma temblaba de puro pavor e intentaba comprender como había podido llegar a ese lugar… o más bien, como podía haber llegado a ese momento. La muchedumbre se agitaba y gemía con cada explosión y el miedo era como un inmundo golem gris que paseaba lento y pesado entre los cuerpos aterrados. Algunos niños lloraban, otros reían y jugaban indiferentes y los adultos hablaban en voz baja como para no atraer a la muerte que caía. 
El metro llegó, ignorándolo todo, con un traqueteo que sentí lento y perezoso, acostumbrada a las velocidades de mi tiempo. Corrí al interior del vagón y me vi rodeada de ataúdes. Una mujer solitaria, armada con un fusil, desde el fondo, me gritó “en este no” y salí para entrar en el coche siguiente.
Cuando el tren comenzó su marcha, alcancé a ver el rotulo romboide en la pared con la palabra “Metro". Su color rojo y azul no había cambiado con los años. Tal vez, sutilmente, la tipografía.
Llegamos a Alvarado y nos detuvimos de nuevo. Idéntico paisaje de cuerpos y miserias, de llantos y risas, de miedos y más miedos. No me moví y me quedé atónita observando aquellos rostros de hambre y resignación que, apenas sin moverse, anegaban la estación y el pasillo que se perdía en la obscuridad de la distancia, alumbrado escasamente por bombillas temblorosas. Era muy extraño que los pasajeros parecieran relativamente tranquilos y acostumbrados. Mientras reiniciábamos la marcha, le pregunté la fecha a una pecosa joven cercana y, cuando le dije “no, no, el año…”, me miró como si viese a una loca recién fugada de algún sanatorio mental. “1937”, respondió para mi asombro.
Atrás quedaron Cuatro Caminos, Ríos Rosas, Iglesia y Chamberí mientras sentía mi cabeza borracha de sentimientos y sensaciones. Todas fotocopias que solo se diferenciaban en los nombres. Las mismas caras, los mismos lamentos mudos, la misma hambre y tristeza. Así fue… es la guerra. Así de horrible y miserable, así de sucia y negra, apestosa y humillante. Nunca antes lo había pensado. Vivía mi  ligero presente ignorante, blanco e inocente, ajena a recuerdos que no eran míos, sucesos que afectaron a otros que no eran, que no son yo. Pero en aquel momento, en aquel vagón tembloroso y destartalado, abarrotado de gente hundida en el horror por la avaricia y las armas, me sentí responsable. Responsable como especie, como persona, como ciudadana. Sabiendo que en el tiempo bélico en el que estaba, seguramente, esperaba, en secreto, que los otros entraran victoriosos en la ciudad sitiada. Mi ropa me hablaba de cierta clase acomodada. Mis padres habían vivido en el barrio que nunca se bombardeaba y tenían unas ideas muy claras y terribles de todo aquello que sucedió - sucede -. En mi colegio, todo fue victoria y misas de domingo y de los perdedores no teníamos ni recuerdo. Debían vivir en otras ciudades, en otros países, porque todos nosotros éramos felices y como debíamos de ser. La guerra había sucedido hacía tanto que era ajena y distante como el Diluvio y ninguna de mis amigas, nacidas, como yo, años después, teníamos huellas de aquel tiempo. Pero ahora, de alguna manera, había vuelto a aquel, a este tiempo de sangre derramada…
Me senté en el suelo, agotada, sin importarme que la falda se manchara con aquel poso asqueroso de ceniza que parecía cubrirlo todo y a todos. Por las puertas que se abrían, pude ver como pasaron Bilbao y Tribunal y un señor muy delgado y de barba blanca - me recordó a Alonso Quijano -  preguntó que si me encontraba bien. Al llegar a Gran Vía, volví a salir y sentí la estación algo más tranquila, no tan atestada. Subí las escaleras, entre el torrente humano, y descubrí la antigua ciudad. Madrid era un horizonte borroso de un cielo emborronado. Las grandes columnas de humo subrayaban, verticales, el bombardeo reciente y, por doquier, aullaban las sirenas que iban y venían. Cerca, en el centro de un semicírculo de sacos terreros, un cañón antiaéreo parecía esperar a los malditos aviones que ya se habían marchado. La gente, sin prisa, parecía volver a sus ocupaciones. Pasó un carro lento cargado con toneles, arrastrado por una mula cansada y azuzada por un moreno agitanado. Cantaba coplas que mi abuela conoció. Unas niñas con coletas jugaban a la comba cerca de un portal, con su propia melodía repetitiva y acrobática, y dos pisos más arriba, en un balcón, una señora enrulada azotaba con ganas una alfombra polvorienta. La calle se volvía a poblar tras el ataque y la ciudad resucitaba de las cenizas como el pájaro mitológico y eterno. A pesar de las huellas del combate, allí un enorme socavón, más allá unos restos de cornisa, aquí arena derramada, todo era bullicio y una alegría de estar vivo que no llegaba a entender del todo. Era mirar una postal antigua, como en sepia, pero animada y palpitante. Vi mi reflejo de señorita bien en un escaparate, mi imagen de secretaria de Mad Men nacida en el barrio de Salamanca.

Apretando fuertemente el bolso contra mi pecho - noté la presión del cierre afilado -, volví a las profundidades sin saber realmente para qué. Ridículamente pensé en mi reunión y decidí terminar, como fuera, mi viaje.
Pagué con una leve sonrisa los céntimos que la taquillera me pidió y esperé la llegada perdiendo los minutos en la publicidad de las paredes. Todo era ingenuo y casi infantil, con nombres muy españoles y ecos milagrosos. Destacaban los llamamientos a la defensa y a las armas, las advertencias y las proclamas, decorados con tonos intensos donde abundaba el color rojo y siglas que desconocía.
Entré en un vagón, comprobando que no era para muertos, y me sujeté firmemente a la barra metálica cuando partimos hacia Sol. Un caballero me cedió su sitio con una sonrisa y suspiré aliviada. Cerré los ojos de nuevo esperando que todo fuera una pesadilla, que me hubiese quedado dormida y que todo hubiese sido un mal, malísimo sueño.

Y así pareció ser porque, cuando abrí de nuevo los ojos, todo era mi tiempo. La clara luz de los fluorescentes reinaba otra vez por el impoluto vagón, descendiendo sobre limpios e inocentes ciudadanos ajenos a mis delirios temporales. Mi ropa era de nuevo la que correspondía, mi peinado, mi bolso con su tecnología… todo era como debía ser. Respiré profundamente  nada más salir a la estación, aliviada, sintiendo que había vuelto a casa. Subí a la calle y bajé hacia Gran Vía caminando sin prisas entre personas del siglo XXI que corrían sin saber de sus destinos. Y todo era maravilloso: los coches, los grupos de jóvenes ruidosos, los anuncios cibernéticos, la chica de pelo azul cobalto… 


Comería en algún bar y pasaría una estupenda tarde en el Retiro. Estaba decidido.

lunes, 28 de marzo de 2016

Falta




     Volví triste, sobre mis pasos viejos, aún con el olor de la tierra removida por el entierro de Inés. La casa estaba más vacía, más desolada, como si la vida entre esas paredes se hubiese ido con ella para siempre. Me dejé caer en el sillón del salón y agité el hielo que flotaba, indolente, en el vaso de whisky. Aún, si me quedaba muy quieto, podía oír los rumores de los quehaceres de ella en la cocina, el canturreo de aquella copla que la fascinaba. Aún flotaba en el aire la presencia, fresca y obscura a la vez, de su perfume leve. Aún resonaban sus pasos por la casa vacía y muerta.
Enredado en la maraña gris de su presencia ausente, mis ojos extraviados se posaron en la pared norte, entre el gran reloj de pared y la esquina doblada. Percibí, por primera vez, la huella de un cuadro que no estaba. Sobre el sucio papel pintado, la marca de un vacío rectangular que señalaba la falta de un cuadro que no recordaba. Bebí un pequeño sorbo, arqueé una ceja y encendiendo un cigarrillo, de forma casi maquinal e inconsciente, traté de hacer memoria. En el salón estaba el Magritte, de toda la vida, con su tren ingrávido de deshollinador juguetón; la avenida madrileña de Antonio López, que se perdía en la bruma contaminada de la capital amada y odiada a un tiempo; el retrato sonriente del viejo abuelo de Inés, con ese aire de marinero resfriado por el deambular constante por tabernas nocturnas… Estaban todos los que debían estar y que mi memoria situaba constante y seguramente en aquella habitación. Por tanto, ¿qué era aquel poso de inexistencia que revelaba el color original del papel pintado?. Traje a mi memoria los cambios de la decoración a través de los años y fue una exploración fallida y vana. Vi sillones entrar y salir, estanterías que surgían de las paredes, el televisor que surgió del suelo y que se modernizó, con retorcimiento de plástico y cristal, durante el paso del tiempo, una lámpara que aparecía, encendiéndose a intervalos brevemente, en la esquina opuesta, el transportista que nos trajo la gran caja con el equipo de música… Todo se ubicó en mis recuerdos, cada objeto, cada detalle en su lugar, en su momento más o menos preciso. Incluso volví a saber que el revistero de madera, el posapié forrado de cuero, la mesita auxiliar lacada en negro, eran ideas o compras de Inés y que el sillón orejero de color azabache, el aparato de radio de múltiples bandas y el posa pipas de ébano eran mis propuestas o adquisiciones.
Mi hermano, al que telefoneé, tampoco recordaba que cuadro ocupó aquel espacio y, preocupado por la absurda pregunta, sin duda fruto de mi dolor atroz, me sugirió dormir un poco.  “Déjala marchar, hermano”, acabó diciendo. Era realmente un sinsentido tratar de recordar con aquel cansancio ocre rojo que sentía y seguí el consejo.

La tarde llovía hojas doradas, sobre el suelo frío de las aceras, cuando desperté un tiempo después. Como si la proximidad pudiese solventar el misterio, miré muy de cerca la señal de lineas rectas en la pared y, con ojos perdidos, buceé de nuevo en las horas idas. ¿Una foto querida en un tiempo y odiada después,  quizá otra copia de una pintura admirada en principio y descolgada de puro hastío, un diploma que enorgullecía y que, más tarde, fue presuntuoso y prepotente?. Nada. No localizaba el sujeto de aquel predicado de polvo y olvido.
Bajé a interrogar a Eusebio, el portero que tantas veces había entrado en casa para solucionar algún descuido de Inés, alguna chapuza mía mal terminada, aquella tubería atascada que rebosaba el fregadero atestado de vajilla usada, aquel rodapiés rebelde que insistía en huir de la pared… Lo encontré, como siempre, viendo sus partidos de fútbol eternos que ya conocía de memoria con goles, que, de sabidos, festejaba ya a destiempo. Con su perenne colilla apagada en los labios y sus gafas redondas de miope, se frotó la cabeza intentando recordar. ¿Junto al reloj dice…?, no recuerdo… ¿No será el cuadro ese de la guitarra rara?, terminó rememorando el Juan Gris del dormitorio. No, no es ese.

Tras unas semanas lentas de añoranzas de Inés, lecturas fragmentarias, recuerdos olvidados entre sombras, comida recalentada, volví al trabajo sin impulso ni ganas. De vez en cuando, en los pequeños instantes entre tareas, volvía a mi aquella pared, como si fuese una ola viva de ladrillo que recorría la ciudad buscándome, y se plantaba ante mis ojos como un desafío, quieta, ligeramente amenazante, cortando absurdamente el despacho de trabajo y me dejaba un cubículo pequeño y agobiante. Tan solo algún compañero me sacaba, con la comprensión y suavidad de la perdida reciente, de mis ensueños con una ligera tos fingida o un chisteo débil.
En casa de nuevo, sentía que aquel espacio vacío me reclamaba como un interrogante ardiente deseando ser resuelto. Se me ocurrió entonces revisar las fotografías que yo mismo había hecho durante décadas a las habitaciones, a distintos objetos, creando bodegones, composiciones locas que mi creatividad imperiosa me dictaba. Repasé negativos de café aguado, diapositivas en cajitas fechadas, archivos incontables en discos duros, copias en papel combadas con los días…
Tres meses después del entierro sentí que el asunto se deslizaba por la peligrosa pendiente de la obsesión patológica. En sueños, una mano del color y textura del papel, con su brazo seguidor, surgía de la pared y me atrapaba el bajo de la chaqueta reclamando mi atención. Sentía el tirón en la ropa y el frenazo y la inercia detenida, el mismo terror me despertaba. No era raro, en esos días, que los primeros rayos de la mañana, entrando como láseres por las rendijas de la persiana, me encontraran sentado en la cama, con los ojos muy abiertos y asustado por las pesadillas.

Cuando volví al trabajo una jornada, el director de recursos humanos, alertado por algún compañero envidioso que aprovechó la circunstancias, me recomendó unos días de vacaciones con aquel aire entre paternal y suficiente de psiquiatra experto y, con gran acierto, para evitar un posible despido por baja productividad, tomé dos semanas de asueto. Volví a casa en un atardecer de marzo que parecía septiembre y entré agotado en la casa fría.
Oí, tras la frágil pared, el llanto persistente del bebé de los vecinos que parecía saludarme con el hambre habitual, exacta como un tren británico, de esa hora nocturna.
Me puse lentamente una copa y en silencio volví a mi sillón favorito. De nuevo mis pensamientos se desdibujaron en el fondo de un vaso dorado y frío mientras reposaba extraviado en un profundo lago de recuerdos negros. ¿Por que te habías ido Inés?. No sabes la falta que me haces, como anhelo de nuevo tu presencia, tu risa dibujando melodías por la casa, el roce de tus manos en las mías…

Alcé mi vista y miré de nuevo la famosa esquina. 

        Allí, como siempre, estaba aquella foto de  mi cara seria que a Inés tanto le gustaba.