lunes, 12 de octubre de 2015

Fabiola V

Sueños en los que nuestro amor, poderoso, se hace eterno e infinito. Un amor grande que lo abarca todo y une continentes y culturas. Donde las razas no importan, donde el dinero carece de valor y los besos son lo más preciado. Donde nuestras manos se unen para crear universos y nuestros ojos comparten el Arte y la belleza. Mundos de música y arquitectura, de poemas dulces y viejas películas en blanco y negro. Donde bailamos abrazados en el salón de una enorme biblioteca, susurrándonos palabras de amor, mientras un pianista, de ojos vendados para no vernos desnudos, toca hermosas melodías de Satie.
Siento que la sigo echando de menos.

Fabiola IV

Y la extraño. Añoro esa risa suave y cantarina, ese acento mexicano, esas palabras llenas de ideas sorprendentes y divertidas que me inspiran poesías y cuentos de final feliz. Esa mente poblada por maíz y paisajes americanos, por números incontables e historias románticas y bequerianas, donde ingenuos cantautores sureños evocan nuestro amor en cada estrofa. Donde vendedores, recién llegados de Macondo, recorren calles polvorientas ofreciendo prodigios de otras tierras: hielo frío, imanes atrayentes, potentes catalejos, máquinas parlantes, elixires de amor inconcebible, brújulas orientadas, amuletos de la suerte inacabable y mapas de tesoros escondidos. Cartas secretas que indican los lugares donde, conquistadores españoles, que, en años olvidados, se perdieron locos en la selva infinita, enterraron riquezas enormes.

Fabiola III

Un piélago dónde ella es la reina de las sirenas y me llama con una seductora canción ancestral de ecos mayas y toltecas. Una melodía que cuenta las hazañas de reyes poderosos y bellas princesas que los hincaban de rodillas, arrebatados por la belleza de sus cuerpos selváticos y tropicales. Historias de pirámides y serpientes emplumadas, de aves fabulosas y jaguares espléndidos, reinando en antiguos y pétreos templos. Una nana con la que se arrulla para perderse, nocturna, en la conciencia, mientras yo la sigo echando de menos.

Fabiola II

Celos de esa almohada a la que abraza, a la que besa, en sueños. Ese pequeño colchón que roza su cara y sus labios, en el que reclina su cabeza mientras se duerme imaginando amaneceres dorados y cálidos. Y envidio esa cama que la sostiene y arropa, que la envuelve en abrazos, en una confusión de tela y sueños. Ese océano textil donde mi amada sumerge su pensamiento, en un buceo onírico y sensualmente húmedo, lejos de la conciencia del día. Un mar de maravillas, con atardeceres suaves y nubes anaranjadas, donde los pájaros cantan dichosos nuestro amor y las flores se levantan alborozadas.

Fabiola I

Me despierto y pienso en Fabiola. La imagino entrando en su alcoba y desnudándose para dormir. Sé que realmente no duerme sin ropa, pero me encanta imaginarla así, deslizando sus braguitas por su culo precioso, por sus muslos suaves y poderosos. Pienso en sus senos liberados del sostén y sus pezones endurecidos porque me desean en la distancia. Después me atacan los celos. Los celos de esas sabanas que rozan ese cuerpo magnífico de madre de la tierra. Ese cuerpo dorado por mil soles, hijo del calor y del mar. Y envidio ese tejido que acaricia su espalda tersa, sus curvas sinuosas… y siento cuanto la echo de menos.

sábado, 23 de mayo de 2015

Cielo Negro

Hay en ti un sueño de gitana,
de marea de cabellos negros
y una mirada,
que traspasa.

Un rumor de risa que no acaba,
un deseo de juego de provocación,
un reto.

Pero por encima o por detrás,
creo,
o imagino,
una sonrisa triste,
un cristal que se rompió aquella vez,
que estuviste enamorada.

Y así vas,
justo en el filo de la navaja,
brevemente sutil y seductora,
pero con el deje la niña tímida
que una vez fuiste.

Y para negarlo todo,
para remontarte a tu propia desesperanza,
te hiciste la reina del baile,
la dueña
indiscutible,
de uñas afiladas.

Con todo,
acepto tus envites,
para que en los lances y las trampas,
victoriosa,
seas,
ganando,
la diosa que deseas,
y tu risa,
de cascabeles,
te de el aliento
que te falta.

lunes, 17 de noviembre de 2014

El fin del romance



El fin del romance (1.999) de Neil Jordan es una buena adaptación de la novela de Graham Greene (tiene el premio Bafta al mejor guión adaptado) y una estupenda película. Con una fotografía muy correcta y una maravillosa música de Michael Nyman, nos cuenta esa relación real y literaria, compleja y sencilla, feliz y triste que ideó el gran novelista británico. La ambientación en los inicios de la Segunda Guerra Mundial, está muy bien conseguida y nos da las poéticas y desgarradoras escenas de los amantes bajo los bombardeos. Con unas actuaciones sobresalientes (calidad habitual en Ralph Fiennes y Julianne Moore), la película se deja ver varias veces para encontrar los matices, los detalles que el libro explora, como no puede ser de otra forma, con más profundidad. Los personajes, igual que sucede fuera de la ficción, están llenos de dudas, contradicciones, arrastrados por las creencias y las costumbres pero, a la vez, por pasiones que enturbian todo el conjunto. Una película y un libro muy recomendables.