El fin del romance (1.999) de Neil Jordan es una buena adaptación de la novela de Graham Greene (tiene el premio Bafta al mejor guión adaptado) y una estupenda película. Con una fotografía muy correcta y una maravillosa música de Michael Nyman, nos cuenta esa relación real y literaria, compleja y sencilla, feliz y triste que ideó el gran novelista británico. La ambientación en los inicios de la Segunda Guerra Mundial, está muy bien conseguida y nos da las poéticas y desgarradoras escenas de los amantes bajo los bombardeos. Con unas actuaciones sobresalientes (calidad habitual en Ralph Fiennes y Julianne Moore), la película se deja ver varias veces para encontrar los matices, los detalles que el libro explora, como no puede ser de otra forma, con más profundidad. Los personajes, igual que sucede fuera de la ficción, están llenos de dudas, contradicciones, arrastrados por las creencias y las costumbres pero, a la vez, por pasiones que enturbian todo el conjunto. Una película y un libro muy recomendables.
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lunes, 17 de noviembre de 2014
martes, 28 de octubre de 2014
Explorador de sombras
atisbé la llegada de las sombras,
reptando sobre adoquines sucios
y miradas apagadas.
Alguien gritó
y las voces
doblaron las esquinas
indignadas.
Era de justicia.
En un muro gris,
las letras negras
aún chorreaban
lágrimas de tinta opaca.
Contra la puerta
se agolpaban
muebles y cuerpos
para no salir
para que no entraran.
Una señora que lloraba.
Cuando cerró la noche,
solo quedó la casa
precintada.
jueves, 16 de octubre de 2014
Ojos blues
Ojos tristes
de soledades escondidas,
de dolores callados,
fotografías de sombras
y risas perdidas.
Un piano
de blues azul
y una despedida.
Una manos que no se tocan,
por muy poco,
añorando las caricias
y las súplicas.
La calle vacía,
los libros no leídos
y paisajes congelados.
Me pedías que sintiera
como tú
pero nadie puede hacerlo.
Un niño que juega solo en la playa
vacía al atardecer,
sueño de veleros
y Sorolla.
Mirando desde la terraza,
como se van los silencios
y vuelve
la nada.
Un perro abandonado
que solo buscaba
una caricia.
Nieve que nunca volvió
a caer,
en las aceras sucias
de un Madrid
que se moría.
Mecedora vieja
y una mirada sepia.
Al final,
una sonrisa.
de soledades escondidas,
de dolores callados,
fotografías de sombras
y risas perdidas.
de blues azul
y una despedida.
por muy poco,
añorando las caricias
y las súplicas.
los libros no leídos
y paisajes congelados.
como tú
pero nadie puede hacerlo.
vacía al atardecer,
sueño de veleros
y Sorolla.
como se van los silencios
y vuelve
la nada.
que solo buscaba
una caricia.
a caer,
en las aceras sucias
de un Madrid
que se moría.
y una mirada sepia.
una sonrisa.
martes, 14 de octubre de 2014
Divino
El nene (o la nena) ha nacido, por bendición divina, en una familia bien. Así, desde pequeño, se le ha dicho que se lo merece todo y que está por encima del bien y del mal. En coche de lujo, el chofer le ha llevado al colegio privado dirigido por los curas que le afirman en su superioridad celestial y en que el mundo está hecho para él. Se le deja claro que es el rey de la creación y que la mujer, ser inferior, existe para servirle (de ser nene) o que su destino es satisfacer los deseos de su amo, dándole muchos hijos para perpetuar la sangre y la raza (de ser nena). Le convencen, curso a curso, de que Dios avala sus caprichos y que la iglesia lo confirma, en los múltiples ejemplos del Antiguo Testamento: matar está, a veces, justificado, el aborto es siempre un crimen abominable y el divorcio y la evolución son cosas de rojos.
Todo se reafirma y estimula en la universidad privada, a donde llega con el deportivo que papá le regaló, donde la máxima dominante es la búsqueda del beneficio en neoliberalismo desatado. Le enseñan a ser directivo, ejecutivo, empresario avariento, lobo de Wall Street, tiburón de las finanzas en cursos donde la gente son clientes, peones, piezas y números prescindibles, simples objetivos de marketing y personal de su empresa. Entre máster y curso, hay fiestas de sábado noche, vacaciones en costas lujosas con modelos, alcohol y drogas caras. Es un mundo cerrado por porteros enormes de gafas negras, paraísos exclusivos alejados de la chusma y hartos de dinero que quema en las manos. Es el más patriota y el país es justo lo que él cree.
En poco tiempo, llega a las cercanías de las cumbres y parientes y amigos le confirman que se lo merece todo y más. Jamás ha pisado una calle más allá del tramo del coche a la mansión, al restaurante de lujo, a la discoteca selecta y de moda, a la pasarela del yate. En los corrillos de la gente que importa, se habla de él (de ella) como la nueva promesa, el emprendedor astuto, la nueva generación que llega arrasando. Por supuesto, pertenece al único partido del que se puede ser para no ser izquierdista radical y malnacido. Pronto empieza a aparecer en la prensa rosa, blanca y amarilla y los periodistas, en corro, le confirman como especial y superior porque sus palizas en el gimnasio y en el pádel, ser hijo de quien es, codearse con quien se codea, le hacen buena foto. Si es mujer se pasa horas mejorándose en peluquerías carísimas donde el dueño invita a café, quirófanos para que quiten y pongan y parecer la muñeca boba que todos esperan. Todas iguales como un ejercito zombi de silicona y alta costura.
Al terminar los estudios que suenan bien en el curriculum, ya ha llegado a la mesa directiva, asesora y ejecutiva, quizá al banco de la oposición o del gobierno. Después de muchos líos y aventuras, se casa con esa niña (niño) mona de una familia como la suya y todo queda en su círculo de élite. Y todo es para él y a todo tiene derecho de forma natural y divina y la ley que él mismo crea, de una forma u otra - lo dicen los mejores abogados -, le ampara y le protege. En su diccionario faltan miles de palabras como desahucio, hipoteca, jornada laboral, sueldo base, sindicato, democracia y solo vio a un pobre una vez que se equivocó de calle al salir del club privado. A veces, dice alguna gilipollez delante de las cámaras, pero su camarilla y periodistas afines le aplauden por guapo y original. Se forra, claro está, a manos llenas sin que existan más que daños colaterales y ajustes de mercado, porque en su galaxia lo importante es el beneficio propio y el de los accionistas. Así, viviendo entre algodones, terciopelo y cuero cosido a mano, aislado en un mundo propio y mejor, es motor y ejemplo de y por España, imagen y modelo de lo que es justo y necesario. Nuestro deber y salvación.
Tal vez un día le pillen con la mano en la caja que no le corresponde, amañando terrenos u elecciones a base de maletines y sobres y quieran acusarlo pero él (ella) mirará asombrado como pensado: “¿cómo se atreven?”, mientras grita el consabido “¿pero usted sabe con quien está hablando?”.
lunes, 22 de septiembre de 2014
¿Qué nos pasa?
Puede parecer que andamos más perdidos que años atrás. Y para algunos es cierto. La publicidad avasalladora, los medios de comunicación que la propagan (incluyendo aquí las películas de cine y las series de la televisión) han vendido a muchos el “todo vale si te haces rico mientras eres joven”. Es el mensaje de fondo de la economía neoliberal. Así, los ejecutivos flamantes, los agentes de bolsa recién llegados, los nuevos banqueros de los últimos años arrasan con todo. Como siempre, pero ahora son más y lo hacen más rápido. Porque siempre ha habido usureros y desahucios, siempre ha habido políticos corruptos y caciques esclavistas… pero ahora son más y tenemos más medios para conocer lo que hacen y sus efectos en la gente.
No nos engañemos. No ha habido país que no haya explotado, arrasado y exprimido a poblaciones en un momento de su historia. Lo hicieron nuestros vecinos portugueses y lo hicimos nosotros, como los franceses, británicos, etc… Ahora lo hacen los norteamericanos, más o menos desde la Revolución Industrial, en primacía. Nuestro Imperio Español esclavizó, espolió y arrasó con toda la Suramérica que pudimos, hasta que llegaron los portugueses, franceses y alemanes y hubo que repartir algo del pastel. Aún a principios del siglo XX, teníamos, gracias a las empresas que algunos españoles creamos, el control de gran parte de la riqueza de aquellas tierras. Argumentamos, como hacen ahora los norteamericanos, que llevamos la civilización, la industria (la religión incluso) a aquellas tierras salvajes, en favor de aquellos humanos perdidos en sus ritos bárbaros. En verdad, fuimos a sacar y llevarnos todo lo que pudimos y todo lo demás son milongas. Exactamente como hacen ahora los yanquis en el próximo oriente, después de haber conquistado el resto del mundo. Ahora la excusa es el terrorismo y lo malo que es el islam. Antes eran las tribus de apaches y cheyenes que cortaban cabelleras. Nada nuevo bajo el sol.
Y es que muchos son así. Desde siempre. Si pueden acaparar riqueza, lo hacen. Y caiga quien caiga.
Pero ahora, si a alguien le echan de su casa, es probable que salga en algunos medios de comunicación. Si al concejal le pillan con la mano en la caja, puede que se sepa en todo el país gracias a internet.
No es que esté la cosa peor o mejor que antes, solo que son más y se conoce más. Ahora al menos, con internet, si el político dice la tontería de turno, puede tener 297 comentarios en contra en cuestión de minutos y esos comentarios son leídos por más gente aún. Si se hace el bestia en medio de una borrachera y se mata a un animal, puede salir abucheado el agresor en las redes sociales.
Me parece bien, porque por lo que conozco, las opiniones mayoritarias de las redes (que pueden ser manipuladas, claro), suelen ir en contra de abusos y desmanes. Al menos, hay gente que puede hablar y denunciar los atropellos de otros, de forma pública. Durante siglos nos hemos ido cargando el planeta, los animales y las personas. Ahora, por lo menos, muchos lo sabemos.
No nos engañemos. No ha habido país que no haya explotado, arrasado y exprimido a poblaciones en un momento de su historia. Lo hicieron nuestros vecinos portugueses y lo hicimos nosotros, como los franceses, británicos, etc… Ahora lo hacen los norteamericanos, más o menos desde la Revolución Industrial, en primacía. Nuestro Imperio Español esclavizó, espolió y arrasó con toda la Suramérica que pudimos, hasta que llegaron los portugueses, franceses y alemanes y hubo que repartir algo del pastel. Aún a principios del siglo XX, teníamos, gracias a las empresas que algunos españoles creamos, el control de gran parte de la riqueza de aquellas tierras. Argumentamos, como hacen ahora los norteamericanos, que llevamos la civilización, la industria (la religión incluso) a aquellas tierras salvajes, en favor de aquellos humanos perdidos en sus ritos bárbaros. En verdad, fuimos a sacar y llevarnos todo lo que pudimos y todo lo demás son milongas. Exactamente como hacen ahora los yanquis en el próximo oriente, después de haber conquistado el resto del mundo. Ahora la excusa es el terrorismo y lo malo que es el islam. Antes eran las tribus de apaches y cheyenes que cortaban cabelleras. Nada nuevo bajo el sol.
Y es que muchos son así. Desde siempre. Si pueden acaparar riqueza, lo hacen. Y caiga quien caiga.
Pero ahora, si a alguien le echan de su casa, es probable que salga en algunos medios de comunicación. Si al concejal le pillan con la mano en la caja, puede que se sepa en todo el país gracias a internet.
No es que esté la cosa peor o mejor que antes, solo que son más y se conoce más. Ahora al menos, con internet, si el político dice la tontería de turno, puede tener 297 comentarios en contra en cuestión de minutos y esos comentarios son leídos por más gente aún. Si se hace el bestia en medio de una borrachera y se mata a un animal, puede salir abucheado el agresor en las redes sociales.
Me parece bien, porque por lo que conozco, las opiniones mayoritarias de las redes (que pueden ser manipuladas, claro), suelen ir en contra de abusos y desmanes. Al menos, hay gente que puede hablar y denunciar los atropellos de otros, de forma pública. Durante siglos nos hemos ido cargando el planeta, los animales y las personas. Ahora, por lo menos, muchos lo sabemos.
miércoles, 17 de septiembre de 2014
Constance
Otra piel,
otro susurro tras los libros,
un taxi que pudo haber parado
y no paró
es otra historia,
otro roce sobre tus piernas,
unas palabras nuevas
diferentes.
La sonrisa.
Te acicalas
para otro,
con la esperanza
vana
de otros tiempos,
de cuando eras más bella
aún.
Deseando
una nueva pareja de baile,
unos pasos distintos,
el arrullo
de otro vaivén.
Así quedará
en el recuerdo de las caricias
que fueron,
de los deseos añorados,
como sueños
ahogados
en las olas
de los tiempos.
Pero él
te recordará
como la última primavera,
con tu mirada triste
de sirena.sábado, 30 de agosto de 2014
La última vez.
Fiel seguidor del “vive este día como si fuera el último”, idea para mi antigua y esencial, imprescindible para mi entendimiento (y para entenderme), un punto de vista en la misma línea, pero desde un ángulo ligeramente diferente, me llamó poderosamente la atención en Palermo Shooting, maravillosa película de Wim Wenders. Hablar con una persona, ver un lugar, realizar una actividad concreta con el convencimiento interno de que podría ser la última oportunidad para gozar con ello. Porque nadie nos asegura que no será así. Quizá, cuando nos encontremos con ese amigo al que estimamos, esa conversación podría ser la última que tengamos con él. ¿No gana una importancia asombrosa cada palabra, cada gesto, cada mirada?. Si realmente supiéramos que se trata de la última oportunidad para demostrar nuestro afecto a nuestra pareja, a nuestro familiar, ¿no cambiaría nuestra actitud?. ¡Qué maravilloso valor cobra el roce de una mano sobre la piel del otro!.
Si entramos en el cine, en el museo, en el bar de la esquina sabiendo que jamás volveremos, ¿no apuraríamos con los cinco sentidos cada segundo de la experiencia?. Al levantarnos temprano y ver el rayo del sol entrando, inclinado y dorado, por la ventana, ¿no nos parecería maravilloso y bello?. Si esas notas susurrantes, de un violín acariciado, fueran los últimos compases de música que oyésemos ¿no pondríamos nuestra alma en la escucha?.
¿Perderíamos horas, ni siquiera minutos, en algo que no nos proporcione felicidad?.
Se abre así para nosotros un paraíso, quizá no frecuentado, y al que, tal vez, jamás regresemos.
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